A propósito del espectáculo
Las relaciones del flamenco, del dolor y la sensibilidad sonora
de los cantaores, con el ámbito cultural del mundo nocturno y
de la prostitución, tuvo desde la época de los cafés
cantantes o los tablaos una fuerte influencia en la inspiración
letrista y estilística de los profesionales del gremio. De tal
manera se manifestaron estas relaciones en el fandango, cante desvalorado
más tarde por los flamencólogos, que su libertad creativa
sin modelos condicionantes de la nefasta pureza, hizo que cada barrio
sevillano, granadino, onubense, malagueño, almeriense, jienense,
cordobés o gaditano estuviese emblematizado en un cantaor, en
un estilo. Un cantaor con unas personales formas de vida que se reflejaban
en sus fandangos; en las medidas diversas de su construcción
sonora, en sus modulaciones dramáticas y en el sentido de sus
letras; algunas cantadas sin escritura previa. Un cantaor, unos cantaores,
que injustamente, desde que se impuso el academicismo allá por
los años sesenta del pasado siglo, quedaron relegados, olvidados
y a veces pisoteados por las aplicaciones de unas reglas que momificaban
las modulaciones dramáticas del cante en general y desconsideraban
al fandango en particular, por su libertad anárquica y creativa
y ser reflejo del sentir popular.
Al poner en escena un tema tan universal operísticamente como
“La Traviata”, que arranca su dolor temático y musical
de la figura de una guapa, pobre y enferma mujer callejera de la periferia
parisina, Marie Duplessis, que se erige, merced a sus dotes de seducción
remunerada, en una de las damas más admiradas y rechazadas por
la burguesía francesa, he sentido la necesidad de contar, hacer
sentir, esta historia desde ese universo que viví en mi niñez,
donde la personalidad triste y conmovedora de cantaores y mujeres de
la vida, llenaba de poesía un espacio humanamente entrañable,
y, aparentemente, insensible y despreciable en los círculos cultos
de la pequeña burguesía andaluza.
“Flamenco para Traviata” es una llamada a la conciencia
histórica acerca del valor poético del fandango desgarrado,
como crónica oscura de la realidad popular del cante y como un
homenaje a tantos y tantos fandangueros olvidados; y, también,
y fundamentalmente, como noticia estremecedora de la generosidad del
oficio más viejo del mundo: el de las prostitutas, el de las
"traviatas" - extraviadas de cualquier lugar del mundo.