TEATRO
Viernes, 11.
SALA ARGENTA. 20:30 h.

LA CUADRA DE SEVILLA
“Flamenco para Traviata”

de SALVADOR TÁVORA


Sobre unos fragmentos musicales de la ópera “La Traviata”,
de Guiseppe Verdi

REPARTO:
Violeta. Bailaora, María Távora
Alfredo. Bailaor, El Mistela
Cantaora, Ana Real
Cantaor, José Ángel Carmona
Guitarras,Manuel Berraquero y Miguel Aragón
Percusión, Javier Prieto
Baile Rítmico en la Fiesta, Juan Romero
Bailarina, Carolina Morales
Baile Festero y Máscara Bailaora, Juanjo Díaz
Máscara Bailaora, Marta Balparda
Zancudo - Actor, Francisco Torres
En Caballo de Alta Escuela, Jaime de La Puerta
Extras, Manuel Jiménez y Andrés Niebla

EQUIPO TÉCNICO:
Iluminación, Diego Cousido
Sonido, Miriam Riggott
Coordinación - Regiduría, David Rial
Utilería, Fernando Merino
Escenario, Andrés Niebla y Manuel Jiménez
Sastra, Puchi Naranjo
Asistente a la dirección y repetidora, Inmaculada Jiménez
Coordinación general y producción, Lilyane Drillon

Dirección, Salvador Távora

A propósito del espectáculo
Las relaciones del flamenco, del dolor y la sensibilidad sonora de los cantaores, con el ámbito cultural del mundo nocturno y de la prostitución, tuvo desde la época de los cafés cantantes o los tablaos una fuerte influencia en la inspiración letrista y estilística de los profesionales del gremio. De tal manera se manifestaron estas relaciones en el fandango, cante desvalorado más tarde por los flamencólogos, que su libertad creativa sin modelos condicionantes de la nefasta pureza, hizo que cada barrio sevillano, granadino, onubense, malagueño, almeriense, jienense, cordobés o gaditano estuviese emblematizado en un cantaor, en un estilo. Un cantaor con unas personales formas de vida que se reflejaban en sus fandangos; en las medidas diversas de su construcción sonora, en sus modulaciones dramáticas y en el sentido de sus letras; algunas cantadas sin escritura previa. Un cantaor, unos cantaores, que injustamente, desde que se impuso el academicismo allá por los años sesenta del pasado siglo, quedaron relegados, olvidados y a veces pisoteados por las aplicaciones de unas reglas que momificaban las modulaciones dramáticas del cante en general y desconsideraban al fandango en particular, por su libertad anárquica y creativa y ser reflejo del sentir popular.

Al poner en escena un tema tan universal operísticamente como “La Traviata”, que arranca su dolor temático y musical de la figura de una guapa, pobre y enferma mujer callejera de la periferia parisina, Marie Duplessis, que se erige, merced a sus dotes de seducción remunerada, en una de las damas más admiradas y rechazadas por la burguesía francesa, he sentido la necesidad de contar, hacer sentir, esta historia desde ese universo que viví en mi niñez, donde la personalidad triste y conmovedora de cantaores y mujeres de la vida, llenaba de poesía un espacio humanamente entrañable, y, aparentemente, insensible y despreciable en los círculos cultos de la pequeña burguesía andaluza.

“Flamenco para Traviata” es una llamada a la conciencia histórica acerca del valor poético del fandango desgarrado, como crónica oscura de la realidad popular del cante y como un homenaje a tantos y tantos fandangueros olvidados; y, también, y fundamentalmente, como noticia estremecedora de la generosidad del oficio más viejo del mundo: el de las prostitutas, el de las "traviatas" - extraviadas de cualquier lugar del mundo.